Eduardo Mendoza o cuando el humor no es un arte menor

Por Macarena Bernáldez

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha sido uno de los grandes protagonistas de este Sant Jordi, cuando apenas se han apagado los ecos del acto de entrega del Premio Cervantes 2016.

El galardón más importante de la literatura en castellano, otorgado a escritores de la talla de Octavio Paz, Ana María Matute o Elena Poniatowska, ha recaído en esta ocasión en un barcelonés que ha hecho de su ciudad natal el escenario de la mayoría de sus novelas. En La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios, dos de sus libros más elogiados, Barcelona influye de forma clara, según los expertos, tanto en el estilo como en los personajes de ambas obras. Algunos sostienen incluso que la ciudad es uno más de los protagonistas de las novelas del escritor homenajeado.

En el caso de La ciudad de los prodigios, donde la acción transcurre en el periodo comprendido entre las exposiciones mundiales de 1888 y 1929, el modernismo catalán aparece reflejado en los personajes de la novela, que han absorbido los cambios que experimenta la ciudad durante esos años frenéticos. La industrialización catalana o la construcción del distrito del Eixample, que dan forma a la Barcelona actual, aparecen en las novelas de Eduardo Mendoza, en las que también ironiza sobre el anarquismo, un movimiento muy presente en la Cataluña del siglo XX, del que el autor fue seguidor en sus años de juventud.

Precisamente, la ironía y el humor, tan característicos del propio Miguel de Cervantes, constituyen otras de las señas de identidad de la literatura de Eduardo Mendoza. Su interpretación de la novela policiaca, calificada por algunos como novela anti-detectivesca, se basa en la parodia de los elementos más típicos de este género literario, como son los asesinatos y los detectives. Uno de ellos en particular, el protagonista de la saga que comenzó con El misterio de la cripta embrujada, representa a la perfección el estereotipo de investigador “loco”, que pasa buena parte de su vida en un manicomio, aunque él siempre defiende su cordura.

A modo de homenaje a Cervantes, en su discurso de recogida del premio, el escritor barcelonés repasó las “cuatro lecturas cabales” que ha hecho de El Quijote a lo largo de su vida. Cervantes ocupó un lugar principal en el acto de entrega del galardón que lleva su nombre, no sólo por los motivos obvios, sino también porque en esta edición se ha querido reconocer el género humorístico. Para el jurado del premio, el humor no es un arte menor, algo que ha dejado claro con la elección del premiado de esta edición. “El humor está en mi ADN”, declaró una vez Eduardo Mendoza.

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Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2016

 

No obstante, pese a la calificación de humorísticas de muchas de sus novelas, en el fondo subyace, como sucede en el caso de El misterio de la cripta embrujada, la descripción de la sociedad de la época, en este caso de la época de la Transición española, y la crítica a los corruptos y a las injusticias de turno. Como ha señalado Íñigo Méndez de Vigo, Ministro de Educación, Ciencia y Deporte, “las novelas de Eduardo Mendoza se mueven en un limbo entre la seriedad y el humor”, a lo que añadió que “acotar el genio de un autor como este es un esfuerzo inútil”.

Además del humor como hilo conductor en sus obras, Eduardo Mendoza y Miguel de Cervantes tienen otra cosa en común y es que ambos fueron pioneros en su momento. El Quijote fue la primera novela moderna de la historia y La verdad sobre el caso Savolta transformó el panorama literario español, cuando se publicó en 1975. Entonces, España estaba a punto de librarse de casi cuatro décadas de dictadura y era el comienzo de multitud de nuevas etapas en numerosos sentidos y gracias a Eduardo Mendoza, también en el literario.

Sin embargo, la influencia de Cervantes no es la única que emerge al analizar la obra de Eduardo Mendoza. Otros escritores como Valle-Inclán o Pío Baroja, a quien dedicó un estudio, también causaron un fuerte impacto en él. El escritor catalán, que al principio de su carrera fue traductor en la ONU, se ha mantenido siempre muy unido a la literatura en todas sus vertientes. Como consecuencia de ello y en palabras del Rey Felipe VI, “Eduardo Mendoza es un verdadero artesano del lenguaje (…), que nos acerca a diversas realidades, en diferentes épocas y en diferentes lugares”. En palabras del propio autor, es un “relojero de las frases”. Un relojero que ha recibido el premio Cervantes.

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